jueves, 12 de julio de 2007

LOS PRIMEROS PASOS QUE NOS INSPIRAN
(Por: Víctor Hugo Miranda sj)
En el 2006 celebramos los aniversarios de los tres primeros compañeros que compartieron “una misma habitación, una misma mesa y una misma bolsa”... y un mismo sueño: Ignacio de Loyola (450 años de su muerte) y Francisco Javier y Pedro Fabro (500 años de sus nacimientos). Los aniversarios son un buen motivo para volver a ver el mundo y a nosotros mismos con nueva mirada, es decir vernos y ver el mundo con sus ojos, con sus pasos de peregrinos que nos inspiran, porque se dejaron inspirar hondamente por Dios.

LOS TRES DE PARÍS: “DE COMPAÑEROS A AMIGOS EN EL SEÑOR”
El navarro Francisco Javier y el saboyano Pedro Fabro, ambos nacidos en el año de 1506 ya estaban en París, cada uno había llegado a este centro del mundo intelectual, por razones distintas: Javier quería tener éxito, quería ganarse el mundo, a costa de su talento y de su encanto; Fabro, por su parte, solo quería estudiar, después de todo, era lo que había soñado desde que era un pequeño labrador. Pero sus vidas cambiarían cuando sus caminos se cruzan con el vasco Íñigo de Loyola –quince años mayor que ellos- quien desde Salamanca, decepcionado porque no podía conjugar sus estudios con sus deseos de hablar de Dios, se partió para París, solo y a pie. Y ya en París, encontró compañía. Corría el año de 1529.


Todo empezó en una habitación del piso más alto del Colegio Santa Bárbara, el piso al que le llamarían “el paraíso”, porque sería el lugar donde nacería una gran amistad, una amistad sostenida en el Señor, una amistad que tendría como foco central a la figura de Jesús, al Jesús que los tres estarían dispuestos a seguir, primero soñando con llegar juntos a Jerusalén para recorrer los pasos del crucificado; luego sirviendo en la Compañía que llevaría como nombre el de Jesús. “tuvimos una vida común… teníamos una habitación común, una mesa común y una bolsa”, dice Fabro recordando esa época.


Los tres de París: Ignacio, Javier, Fabro. Son tres universitarios, tres hombres en búsqueda, tres ciudadanos del mundo, con historias distintas, con sueños distintos, que convergen en las aulas universitarias, que sueñan con una universidad distinta, para luego ampliar su mirada, de París al mundo. De pronto, dejan de ser tres, son siete, quienes se comprometen en Montmartre con los votos, que son símbolo de un sueño compartido: ir a Jerusalén. En esta celebración, Fabro es el único sacerdote. No tienen ningún vínculo jurídico, no prometen obediencia a nadie, más que a Jesús, al hombre al que todos quieren seguir, y por el que se sienten llamados. “resultó finalmente que nos hicimos un corazón, una voluntad, y una sola cosa en el firme propósito de llevar aquella vida que llevamos ahora los actuales y fieles miembros de esta Compañía”, palabras del mismo Fabro.

IGNACIO DE LOYOLA: “AQUEL PEREGRINO ERA UN LOCO POR CRISTO”
La expresión con mayor fuerza en el lenguaje ignaciano es el “Seguimiento de Jesús”. La espiritualidad de Ignacio, plasmada en los Ejercicios Espirituales, tiene como centro a Jesús. Este peregrino, que recorrió los caminos de la Europa del siglo XVI y la Tierra Santa bajo dominio de los turcos, sólo tenía algo en claro: quería seguir las huellas de Jesús. Por eso llega hasta Jerusalén, navegando y a pie. Y años después, quiere volver con los compañeros que conoció en París. Entonces comprende que no se trata de pisar los mismos caminos que pisó Jesús en su vida terrena, sino que se trata de seguir a Jesús en la realidad circundante, en el mundo que le rodeaba, en medio de la gente.
Ignacio vive una profunda experiencia de Dios, que lo lleva a escribir los Ejercicios Espirituales, una verdadera pedagogía del “sentir y gustar”. Ignacio profundiza en su sensibilidad. No se trata de conocer mucho, ni de profundizar intelectualmente, para eso están los estudios. El encuentro con Dios es una experiencia del “sentir”, que luego lleva al sujeto al “discernir” el movimiento de los espíritus, encontrar la voluntad de Dios, a dónde es llamado, invitado; para terminar en la “confirmación”, que es el reconocimiento de la orientación que el Espíritu nos marca.
“Y la mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello que sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor”, describe el mismo Ignacio en su autobiografía. La consolación que encuentra en la contemplación lo lleva al servicio. El amor se pone más en las obras que en las palabras, diría él mismo en la “Contemplación para alcanzar amor” de los Ejercicios Espirituales. Dios le trató como un maestro de escuela a un niño, enseñándole; luego sería Ignacio el que compartiría su propia experiencia de Dios con otros, con Fabro, con Javier, y los primeros compañeros. Es ahí donde se gesta la Compañía de Jesús, en la misma experiencia de oración, de contemplación, y de seguimiento de Jesús. Ahí surge un cuerpo para la misión, para mayor servicio y alabanza de Dios...y en todo amar siempre.

FRANCISCO JAVIER: “UN CORAZÓN MÁS GRANDE QUE EL MUNDO”

Francisco Javier nació en el Castillo de Javier en 1506, en una familia acomodada y vivió parte de su vida como un hombre de éxito, en los estudios, en los deportes. Tenía grandes ambiciones intelectuales. Quería tener éxito y poder. Al mismo tiempo, tenía una gran afectividad. Un hombre de emociones fuertes, de temperamento activo e impetuoso. Siempre quiso llegar lejos, y lo hizo, llegó hasta tierras donde no habían estado otros cristianos evangelizando. Y quiso llegar más allá, con los más alejados, más olvidados, más distintos. En ese intento, murió, con su mirada puesta en la China, en la madre de la civilización oriental, a la que tanto admiró, y que hoy, 500 años después, vuelve a convertirse en el foco de atención del mundo entero.
Javier, según dice de él, André Ravier, era el tipo perfecto del misionero en la época de descubrimientos de nuevos mundos. Y Javier fue eso, “el Misionero” por excelencia. Pronto tuvo que dejar Europa, su tierra, sus amigos, para ir al encuentro de otros mundos, de nuevas culturas. Y siempre lo hizo con la misma pasión. La India, Malasia, las islas Molucas (Indonesia), hasta el Japón y, finalmente, el viaje a la China. En esas tierras gastó su vida, sus energías, aprendió las lenguas nativas, y no paró de evangelizar, de hablar de aquello que lo apasionaba, de Jesús, siempre buscando el más, amando más, sirviendo más.


Francisco Javier es un hombre de acción. Recorre caminos, enseña la doctrina cantando, bautiza multitudes, sueña siempre. Es un hombre que se puso bajo la bandera de Jesús y lleva a todas partes la Cruz de Cristo. “Quien no conoce a Dios ni a Jesucristo, ¿qué puede saber?”, dice el mismo Javier en una de sus cartas, en las que además comenta con frecuencia los Ejercicios Espirituales, especialmente la meditación de las Dos Banderas. La misión de Javier está basada en su experiencia de Dios.


Tiene urgencia por anunciar la Buena Nueva. Por eso dice que está dispuesto a gritar como loco por las aulas de la Sorbona, pidiendo más misioneros para evangelizar. Javier es un adelantado a su tiempo. Se deja enseñar por la gente con la que se encuentra. Se da cuenta que tiene que aprender de las culturas en las que desea integrarse. Está en un mundo completamente diferente al suyo. Después de iniciales resistencias, está dispuesto a recoger elementos culturales distintos. Debemos aprender de Javier, como dice el Padre General: “Nuestra evangelización debe tener en cuenta el respeto de las conciencias y las culturas, las exigencias del diálogo del desarrollo, los desafíos del pluralismo religioso y la indiferencia religiosa”.

PEDRO FABRO: “UN ESPÍRITU ABIERTO”
A diferencia de su gran amigo Javier, Pedro Fabro nació en medio de una familia sencilla en la Alta Saboya en 1506. Desde pequeño tuvo interés en estudiar, tanto así que su familia decidió enviarlo a estudiar, dejando de lado el pastoreo y la labranza, a la que se dedicaban sus padres. Josep Rambla afirma que Fabro era un joven de gran pureza, de carácter inestable y espíritu turbado, dedicado a los estudios desde pequeño y con una temprana llamada al sacerdocio.

Fabro conoció a Javier en París; y luego a Ignacio; como estaba más adelantado en estudios iniciaría a Ignacio en los vericuetos de Aristóteles, y entre lección y lección le fue abriendo su conciencia, en el tono de “la conversación espiritual”, en este trato aprendería progresivamente a ser un verdadero maestro en el discernimiento de espíritus y el acompañamiento espiritual. Fue uno de los que mejor asimiló el espíritu de Ignacio. El primero en dar los Ejercicios Espirituales. El primer sacerdote del grupo de primeros compañeros. “Ministro de Cristo Consolador”, afirma Rambla de él.

No tenía las dotes de gobierno de Ignacio, ni el empuje de Javier para emprender grandes empresas, según lo afirma el mismo Padre General. Pero se convierte en el hombre que aplica claramente la “cura personalis”, realizando la trilogía de ministerios: Confesiones, Conversaciones, Ejercicios Espirituales... y para nuestro continente, con tan fuertes conflictos, podríamos añadir un rasgo fundacional al cual se dedicó intensamente: “la pacificación de los desavenidos”.

Pedro Fabro se queda a cargo de los primeros compañeros, cuando Ignacio vuelve a sus aires natales. Luego será enviado a predicar por distintos lugares. Es una figura importante en la Contrarreforma. Asiste a distintos encuentros de diálogo con los protestantes, siempre aconsejando, siempre orientando, aprovechando para dar Ejercicios Espirituales (de ahí surge la vocación de Pedro Canisio). Es un misionero también. Recorre distintos países de Europa: Alemania, España, Portugal, marcado por la obediencia. Antes que den frutos visibles sus trabajos, era enviado a una nueva misión. Y él iba, poniendo toda su confianza en el Papa y en Ignacio. Pero fundamentalmente es un hombre de Dios, de recogimiento, de fervor espiritual; que pasa por muchas tribulaciones interiores, sin embargo siempre está en constante búsqueda de Dios y consigue dejar como huella de su paso una sensación de dulzura y paz.

Quisiera terminar con una cita de un colectivo jesuita que resume muy bien el dinamismo que estos primeros compañeros nos inspiran: “Como ignacianos somos especialistas en «algo más», sin dejar de reconocer la tradición que nos sostiene, somos empecinadamente inquietos en buscar algo peculiar: sostener y ser mensaje de esperanza en que algo mejor es posible, porque Dios lo ofrece”.

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P. Pedro Arrupe

P. Pedro Arrupe
Esta foto del P. Arrupe como conmemoración del año Ignaciano dedicado a él